A propósito de la pregunta de Eriolo sobre mi experiencia como alumno de Pedro Ángel Palou y [por ende] de mi percepción de su persona, se me ocurrió hacer este post. ¿Por qué no le puse el tag UDLA al inicio? Porque esto que voy a narrar es una experiencia personal que no tiene mucho que ver con la situación actual de la Universidad. Tampoco voy a dar una percepción politizada del susodicho. En este caso, no se trata de declarar una postura dicotómica sobre el tema, sino que les comparto como es el Pedro Ángel que me tocó como catedrático. Alguna vez, el coordinador de Opinión de la Catarina me declaró palouita, debido a que he leído un par de sus libros, leía su blog en Boomeran(g), tomé clases con él y porque aspiro a trabajar en la gestión [o industria] cultural. Pero yo soy creyente de que no existe una única lectura de una persona, sino una lectura consensuada de sus diversas facetas. Mientras que su rol político, administrativo y ético está en tela de juicio, pido este breaking point para que permitan que les cuente, desde mi muy personal punto de vista, mi experiencia como su alumno.
Pedro Ángel Palou fue mi segundo profesor del Crack. En tercer semestre, tomé un seminario con Jorge Volpi, mismo que no concluí por el arranque del proyecto de Elocuencia 8080. En inscripciones para cuarto semestre, vi un estudio de Humanidades llamado Conciencia y Creatividad, presumiblemente impartido por Palou. Recién había ocurrido el primer escándalo de su gestión: la fusión de escuelas. Tomando como referente la excelente clase que tomé con Jorge Volpi y convencido de que valdría la pena tomar una clase con el rector, me inscribí.
La primera clase fue en la Sala de Juntas de Rectoría. Para ese entonces, Rectoría ya era un territorio inexpugnable para cualquier estudiante. Así que imaginarán mi sorpresa al tomar mi primera clase en esa sala. Recuerdo que vimos What the Bleep Do We Know?, recién estrenada. Después, pasamos a un cuarto especialmente acondicionado con cojines y unos banquitos japoneses. Ahí, Pedro Ángel nos explicó que su clase era bastante sui generis: hablaríamos de la conciencia desde el terreno de la física cuántica [!!] y haríamos zazen [!!!], una práctica oriental de meditación que permite la creación de chispazos creativos.
Tuve la fortuna de tener a Yamil [un viejo lobo de mar universitario] como compañero de clase. La segunda clase fue la del shock. Llegó Pedro Ángel ataviado con un traje oriental, parecido al de un monje o aprendiz de monje. Luego vino la segunda impresión: debíamos ponernos en una posición muy semejante a la flor de loto, con las piernas cruzadas, apoyados en un cojincito llamado safu [o algo así]. La sorpresa: todos estábamos adoloridos a los quince minutos y Pedro Ángel aguantó las dos horas y media de clase en esa posición.
Cada clase destinábamos una hora a meditar en esa salita de Rectoría y la siguiente hora y media hablábamos acerca de física cuántica, conciencia, creatividad y zen. Realmente nadie intimó con Pedro Ángel, como suele hacerse a menudo con los profesores. Salvo Yamil y yo, todos le decían 'doctor' o 'rector' [Yamil era el único desenfadado en decirle Pedro desde el inicio, a mí me tomó más clases perderle un poco de respeto a la investidura]. Sin embargo, su capacidad retórica era asombrosa. Era capaz de hechizarnos con su clase, de envolvernos con las palabras y el timing exacto. Y, sin duda alguna, sabía de lo que hablaba. Dominaba temas medianamente avanzados en física cuántica y poseía una bibliografía extensísima de referencias a los temas, misma que podía citar sin problema. De hecho, nuestro examen de medio semestre fue una reseña de alguno de esos libros. Yo todavía conservo mi fotocopiado de testimonios de hombres creativos.
Toda la práctica del zazen llegó a su final con la llegada del Reverendo Samu Sunim. Pedro Ángel había organizado una visita de este personaje a la UDLA. Hubo una semana donde Samu dio la clase. Después, Pedro planeó un retiro con el Reverendo, al que asistieron varios amigos y allegados del rector. Nos invitó por el marco de la clase, pero creo que nadie asistió. Después, hubo otra clase en la Sala de Juntas, donde nos proyectó un video acerca de los mensajes ocultos en el agua. Esa sería nuestra última clase con él, pero hay un detalle que recuerdo muy bien: al terminar la proyección, nos dijo que teníamos que hacer un ensayo final proponiendo el uso de la creatividad en nuestras carreras. A cada uno le fue dando ejemplos, y recuerdo el momento en que volteó y me dijo: 'tú puedes escribir sobre cómo hacer mejores programas de radio'. Y es que, el día de la primera clase, nos presentamos diciendo nombre, carrera e intereses. Yo había dicho que dirigía el proyecto de radio estudiantil. Y lo recordó. Lo recordó a tal grado que, después de la emisión de un programa donde se le criticó fuertemente, su secretaria me solicitó el audio porque el rector quería escucharlo.
Curiosamente esa tarde, Yamil y yo habíamos pensado un proyecto de foros universitarios. Pedro Ángel nos recibió en su oficina y se lo comentamos. Así conocí el lugar desde el que despacha. Una oficina amplia, con un escritorio al centro, una salita y un librero larguísimo con muchos títulos. Es lo que recuerdo de ese lugar. Pedro Ángel nos escuchó, nos dijo que sí, que no habría problema, nos presentó a un vicerrector y nos fuimos. De ese proyecto, jamás se consiguió realizar nada. Después terminaron las clases con él. Como parte de la materia, la segunda parte del curso implicaba oír a varios catedráticos y que nos contaran de su proceso creativo. Así fue como conocí a Germán Montalvo y a Nacho Padilla, quien a la postre se convertiría también en mi profesor.
Espero que esto que he contado muy grosso modo les sirva para entender algunos rasgos que yo encuentro en el Pedro Ángel del ojo del huracán. La retórica cautivante, la resistencia física y mental, el dominio de los temas, su desaparición de clase en un parpadeo. Y su memoria. Ese detalle donde me recordó como responsable de la radio [a pesar de que lo mencioné sólo una vez] me hizo comprender que, tal y como me habían comentado, goza de una memoria fotográfica. No olvida con facilidad, para bien o para mal. En este post no pretendo ni hablar bien ni mal de él. Mi opinión de él como persona me la reservo. No espero que con esta anécdota lo justifiquen ni que lo condenen más. Si lo hacen, han malentendido el propósito de este pequeño relato. Espero que comprendan más la manera en que percibo el discurso que maneja, ante los medios, ante nosotros y ante el público. Después de todo, tanto el político como el escritor son personas basadas en el discurso. Y Palou es una mezcla de ambos.